martes, 17 de febrero de 2026

UN FUENTEALAMEÑO EN EL INSTITUTO DE BACHILLERATO “ALFONSO XI” (PROMOCIÓN 1977-1981).

 

       Finalizado el curso 1976-77, la mayoría de los que habíamos aprobado el 8º curso de la EGB en el Colegio Nacional Comarcal nº 3 solicitamos beca para continuar los estudios de bachillerato en el Instituto Nacional de Enseñanzas Medias “Alfonso XI”. Otros pocos lo hicieron para la Formación Profesional en la SAFA y el resto se incorporaron al mundo laboral emigrando a las costas catalanas o continuaron en las faenas del campo, uno, José Carlos, se hizo músico. Creo que ninguno se fue “a apedrear perros” como de broma nos auguraban los maestros. Fuimos doce los nuevos bachilleres, casi la mitad de los que nos habíamos graduado escolarmente: María Josefa Vela de la Rosa, María del Carmen Viana Vera, Julián Ángel Zafra Padilla, Ángeles Quesada, Ana María Rosales Martín, Francisco Manuel Serrano Carrillo, Carmen Nieto Rueda, Mateo Rueda Garrido, Amparo León, Consuelo Ávila Morales, José Manuel García Mesa y yo,  Domingo Pérez Pérez. Tuvimos la suerte alfabética de caer casi todos en el mismo grupo (francés A), a excepción de Consuelo Ávila, José Manuel García y Amparo León (B de francés), aunque por motivos de horario en la salida de transporte escolar a Mateo Rueda le cambiaron a ese grupo. Aquella coincidencia se acentuó aún más cuando María del Carmen Viana y María Josefa Vela tuvieron la suerte de ser compañeras de mesa, y así lo exteriorizaron de tal forma que la tutora les preguntó a qué venía tanto júbilo. Pero aquella alegría de haber caído en el mismo grupo o incluso como compañeros de pupitre era más fruto del miedo a lo desconocido que al compañerismo en sí, que también lo había. Eso quedó patente en lo  pronto que  hicimos nuevos amigos o compañeros que venían de otros colegios, fundamentalmente de la SAFA. Cada uno eligió a sus nuevos amigos, yo me quedé con Luis Ramón, aunque con todos tenía muy buena relación, especialmente con las chicas. Algún gracioso me llamaba: “Domingo el melenas, el terror de las nenas”. Nada más alejado de la realidad, salvo que lucía una tupida melena. 

Al describir las diversas sensaciones que se experimentan esos primeros días de bachiller, se lleva un gran porcentaje el miedo a lo desconocido o a la novedad del acontecimiento que se nos venía encima. Iniciábamos una etapa para la que se nos había prevenido teóricamente, pero creo que no nos habíamos formado lo suficiente, entre otros motivos por el absentismo escolar durante la recolección de la aceituna, pues algunos nos habíamos salido de forma intermitente durante la temporada.  Qué era aquello de las matemáticas de probabilidades o combinaciones, de unos números primos, de la trigonometría, que sonaba a un aparato de medir el trigo, o el logaritmo neperiano, para pesar peras o nésperas,  o lo de matrices…,  o aquello de tomar apuntes sobre la explicación o dejarnos a nuestra voluntad la programación para estudiar o para hacer los deberes en casa. Se acabó el paternalismo del maestro. También había mucha carga de responsabilidad que provocaba que a veces nos bloqueáramos, pues ya éramos lo que se llamaba verdaderos estudiantes, aunque para otros éramos “borregos” del primer curso.

Por preparación y formación creo que eran superiores los alumnos que venían de la SAFA, diferenciados como alcalaínos auténticos, a los que veníamos del Coto, la mayoría aldeanos; pero conforme el curso avanzaba nos fuimos reponiendo del susto inicial y subiendo puestos académicos, que se reflejaba en el boletín de notas.

Quizás esté generalizado unas percepciones propias,  que a lo mejor  no debieron ser las de los demás compañeros. Pudo ser fruto de mi timidez abonada con tufo de adolescente aldeano, que hacía que los que veníamos de las aldeas tuviéramos que superar no solo el miedo a lo nuevo, sino también el complejo de inferioridad, y otras piedras mochileras como el compaginar los estudios con el trabajo o el no poseer verdadero hábito de estudio, pues ni siquiera disponía de mesa de estudio ni habitación propia para poder concentrarme. A veces, incluso, tenía que estudiar en el campo mientras llevaba una cabra a pastar y en vacaciones en vez de recuperar lo atrasado, trabajaba en la recolección de aceitunas y en otras tareas familiares. 

Recuerdo los primeros exámenes del primer trimestre que se convocaron antes de la Navidad, el de Religión, Música y la entrega de trabajos artísticos de Dibujo. En el examen de Religión, tuve una revelación, aunque prometí no desvelarlo. Para preparar el de Música, me vine unas horas antes el domingo de la recolección de la aceituna familiar desde el Barranco Muriano. Los trimestrales continuaron después de Reyes, y todo salió bien, aprobé todas las asignaturas del primer trimestre, lo cual reforzó mi autoestima y pensé que a lo mejor valía para estudiar.

    De cada uno de mis compañeros de 1º de BUP (curso 1977-78) tengo muy buenos recuerdos, pero especialmente de Pedro José Pérez Cano, cuya cabeza privilegiada nos abandonó hace algunos años. Por su generosidad no solo a la hora de prestarme apuntes, sino por facilitarme en alguna ocasión de extrema necesidad que me copiase de él en los exámenes. De mi compañera de mesa, sé que se llamaba Encarnita, y que era pelirroja, pero a la que no he vuelto a ver. También de mi compañero de fatigas y amigo de toda la vida, Luis Ramón, con quien sigo en contacto. De mis amigas por las que sentía especial atracción. Alguno se me olvidará pero creo éramos estos: Juan Carlos Higueras Román, Luis Ramón Hinojosa Martínez, Cristóbal Jiménez Bravo, Antonio López Cobo, Custodio López Molina, Antonio López Ruano, Francisco Mesa, Francisco Javier Moya, Esperanza Muros Gámez, José Manuel Nieto, Carmen Nieto Rueda, Francisco Javier Navas Carrillo, María Dolores (Loli), José Antonio Pérez Arroyo, Pedro José Pérez Cano (q.d.e.p.), Domingo Pérez Pérez, Encarnación Pérez Serrano, Francisco Javier Piñol Le Sourn, José Antonio Porras, Ángeles Quesada, Ana María Rosales Martín, José María Rueda (r), Francisco Javier Sánchez-Cañete (q.d.e.p.), Francisco Manuel Serrano Carrillo, Vallecillos (Frailes), Vela Ávila, María Josefa Vela de la Rosa, María del Carmen Viana Vera y Julián Ángel Zafra Padilla.

El cuerpo directivo estaba formado por D. Ramiro Avivad Castañeda  como director, D. Ramón Sánchez Navas, jefe estudios y D. Juan Borrego como vicedirector. De los profesores tengo especial recuerdo, de unos más que de otros, pero creo que todos intentaron educarnos de la mejor manera posible y pese a que ya se estaba imponiendo ese aperturismo educativo, este primer año éramos todavía lo que nos llamaban los de cursos superiores: “borregos” en muchos aspectos. Algunos los profesores nos decían que no les tratásemos de “Don”,  aunque a mí me costaba todavía. Eso sí, había un gran respeto hacia el profesorado.

A María Carmen Villoslada García, “la Villoslada” profesora de Lengua y Literatura, la recuerdo por el especial cariño que me tomó, pues todos los días era el único al que sacaba a la pizarra, aunque a veces me intercambiaba o duplicaba con Francisco Javier Moya. Desconozco el motivo, pero deduzco que puedo ser para quitarme algunos complejos y sobretodo la timidez y los nervios. Pero aquello que debía ser bueno, produjo un efecto contrario en mí, pues la exposición pública no la llevaba muy bien por aquello del complejo al ridículo, o no sé a qué, y me provocaba más nerviosismo y ansiedad. El hecho de salir a la palestra que me llevaba a hacer dibujitos en la pizarra y hasta bajar las calificaciones llamó la atención de la profesora, preguntándome el porqué, a lo que le respondí, y ahora me sorprendo de la respuesta que le di, que ella sabría. Como anecdótico quedará aquella travesura que le hicimos de ponerle la tiza en el borde alto de la pizarra para cuando la cogiese poder verle parte del muslo con el estiramiento de la falda, fechoría de la que se percató en el primer intento y dijo “que ella no estaba allí para hacer monerías” y mandó a alguien que se la bajase, la tiza.

Del profesor de Matemáticas, D. José García Esteo, “Pepín”, recuerdo cierta apatía o pocas ganas, y muchos conocimientos matemáticos que no eran transmitidos o que nosotros no nos enterábamos o no los captábamos, sobretodo porque las matemáticas no eran mi fuerte, ni el de muchos compañeros. La clase permanecía en un silencio absoluto mientras impartía la teórica, que a veces se interrumpía por un ataque de tos o por una calada al cigarro, nadie hacía preguntas y existía una calma tensa. Comenzaba una vez que había rellenado su quiniela de futbol y alguna vez con su broma seria nos preguntaba qué pondríamos en el Real Madrid-Elche, por ejemplo. Era la primera clase del día, y cuando era la del lunes, la resaca de fin de semana y la morriña tempranera hacía que no nos enterásemos ni de combinaciones, ni del número de primo. 

D. José Luis López García, alias “Chelui” profesor de Ciencias Naturales. Carterilla en mano cada día entraba a la clase, se sentaba y seguidamente pasaba lista, levantando la vista sobre las gafas para identificar al nominado. Buen profesional, pero muy preguntón, un día sí otro no, iba preguntando uno a uno la lección que había explicado el día anterior. Tenía el buen olfato de saber a quién le tenía que preguntar y por tanto a quién pillar, pues los que mostraban la cabeza levantada y visible, era a los que no tenía que preguntar. Recuerdo que una vez que no me lo sabía, utilicé esa táctica. Pero también, en alguna ocasión pude salvar a mi compañera de mesa y a la de delante, apuntándole la respuesta correcta, si es que la sabía ese día. Yo creo que él no quería enterarse de quién era el apuntador.  Me dio el único sobresaliente del bachillerato.

María del Carmen (…) Navarro, profesora de Historia, alias “Chumiñilla” tutora e hija de Carmen Navarro Cortes. Algo seria para ser tan joven, y además aquellas gafas tan grandes le hacían mayor y que a menudo se le bajaban y tenía que recolocárselas. Luis Hinojosa a la pregunta de si en la Edad Media había gafas, le respondió que él no estuvo allí. Tuvo que interceder como tutora por mí en dos ocasiones manifiestamente injustas, de lo cual siempre le estaré agradecido. Una en Dibujo y otra en Educación Física.

Manuel Quesada Colmenero, profesor accidental de Francés, alias “Topollª”, o al menos así le apodaban algún grupo de chicas. Su especialidad era la Filosofía, pero al no haber suficientes profesores de francés, le fue asignado nuestro grupo para impartir sus escasos conocimientos de la lengua extranjera. Al decir “Oui” le salía a lo campechano y para preguntar algo decía “Quees que ce?”. Le salvó el libro que le presté de mi tío Quisco cuando emigraba a Francia, muy básico pero suficiente para nuestro nivel y el suyo. Aquellos paseos con bota campera por la clase mientras explicaba producían un taconeo rítmico militarizado que te daba su ubicación exacta.

D. Antonio Campaña Expósito, profesor de Dibujo, alias “Patillas”, también lucía una mosca. Muy exigente, elevando el nivel de la asignatura, cuando el dibujo para algunos de nosotros había sido siempre una “María”, aunque él desde el primer día quiso dejar claro, que no era así. Esas circunstancias producían fracaso escolar, a lo que se unía la exigencia de tanto material de dibujo técnico y artístico, lejos del alcance de familias como la mía, teniendo muchas veces que hacer filigranas para imitar con rotulador negro aquellos sofisticados rotring. No solo eso, sino  que en alguna ocasión tuve que utilizar la técnica del cristal de la ventana para copiar las láminas de un compañero, con la mala suerte de que en una recuperación se percató de que mis láminas y las de mi compañera Carmen Nieto Rueda coincidían perfectamente, y nos suspendió a los dos para septiembre. Lo que no llegó su perspicacia fue a descubrir que yo las había copiado de Pérez Cano y le dejé las mías copiadas a Carmen, pero al no saber quien había copiado a quién, a los dos nos mandó para septiembre. Carmen se declaró culpable, pues me dijo que me salvara yo, porque ella no iba a seguir el próximo curso y aquí es donde intervino la tutora para decirle que yo no había copiado y por tanto era injusto el suspenso para mí. Al final se le ablandó el corazón y me levantó el castigo. La verdad es que el único que me engañé fue a mí mismo, pero las necesidades me obligaron. No hemos tenido después el gusto de intercambiar impresiones.

Manuel Vega Zegrí, cariñosamente para nosotros “Curilla”, profesor de Religión. Era por entonces el cura de Consolación. Considerada la asignatura como una de las “Marías”, el curso transcurrió con el agnosticismo propio que te dejaba el hecho de una asignatura obligatoria, pero que no puntuaba para nota media y que sabíamos que nadie iba a suspender. Recuerdo las partidas de dominó con él en el Bar Rocío que estaba enfrente del Instituto. Le pedí que me oficiara el sacramento de mi matrimonio y así lo hizo. https://pacomartinrosales.blogspot.com/2021/02/obituario-manuel-vega-zegri.html 


    Ricardo San Martín Vadillo, alias  “Ricardín”, profesor ocasional de Historia de la Música, su especialidad era la asignatura de la Lengua Inglesa. Pasó igual que con el profesor de francés, al no haber nadie especializado en la asignatura de  música, le fue asignada. Conocimos por primera vez la vida y obra de los clásicos de la música, pero creo que durante el curso no escuchamos ni una sola nota musical. Era su primer año como profesor y su acento castellano con tantas “eses” para nuestro andaluz rajado y traga finales de palabras, era chocante y bien sonante, sobre todo cuando en aquellos tiempos donde todavía el hablar andaluz no era bien visto en la enseñanza académica. Se me quedó grabado cuando al final de un examen dijo: “¡Quién me suspenda este examen, un par de boinazos les doy!”, con aquel acento burgalés.

Gregorio Torres, profesor de Educación Física, la verdad es que él no estaba para correr mucho, la teórica tampoco, así que dos horas de gimnasia a la semana sin calentamiento y a correr (1.500 m. ó 100 m) y los días de lluvia a saltar en una colchoneta, que pongo nota. Otra de las injusticias fue que me intercambió la nota con la de Juan Cantero que era peor que la mía, porque sin querer al salir de la portería a coger un balón choqué con él cuando se encontraba corriendo los 100 metros lisos en la pista de futbol sala.


    Como colofón o resumen del BUP y COU transcurridos entre los años de 1977 a 1981, tiempos iniciales de la Transición, dónde por primera vez nos enseñaban la historia con la objetividad y el compromiso propio de aquellos tiempos de cambios sociales y políticos, llegaron profesores como Rafael Pedrajas, Pablo Alcázar o Vicente el de Geología y algún otro,  cargados de una perspectiva marxista o de la izquierda española incipiente. Anecdótico aunque ahora se vea así, fue aquella mañana del 24 de febrero de 1981, cuando Rafael Pedrajas llegó con un transistor en mano, y diciéndonos que no sabía si tenía que hacer las maletas o no, y que en aquellas circunstancias no podía impartir la clase. Recuerdo que estuvo con la oreja pegada al transistor durante toda la hora que duró aquella clase magistral de la historia. Otro de los acontecimientos que ocurrió en aquellos años fue el derribo de la estatua que “homenajeaba al soldado caído”, por parte de mis compañeros de curso y de Instituto, a los que pudimos acompañar el día del juicio en el Palacio Abacial. También aquellas corridas delante de los grises y el refugio en Consolación…


    Como recuerdo de mi paso por el Instituto guardo una de aquellas camisetas con rayas rojas y blancas con el número 10, (otras la rayas eran azules y blancas). Con ella defendí los colores del “Alfonso XI” en dos ocasiones, una ante un Instituto de Jódar, les ganamos, (en este caso, les jodimos) 3 a 1, pero en la siguiente fase nos reventaron como al lagarto,  un Instituto de la capital. Teníamos un buen capitán, Juan Carlos Higueras, quien jugó en el Alcalá y en el Castillo. También tengo en mi haber la actividad ecológica de plantar un árbol en la parte de enfrente del Instituto al lado de una fuente y que hasta hace poco lo he visto mover sus ramas, desconozco si ya ha desaparecido. Por último y sin pretender ser pretencioso, creo o estoy casi seguro de que fui el único de mi promoción que nunca fui a una repesca, pues evité la Física y Química de D. Ramiro, que en una evaluación suspendió a toda la clase. Fui el único alumno de la promoción que en 3º de BUP tenía Ciencias Naturales y Matemáticas, con la Historia, pero sin la Física y Química.

Solo tengo agradecimiento a todos mis profesores y compañeros, a quien espero que no se hayan molestado por los motes cariñosos y por lo hechos anecdóticos contados.

    Uno de los pocos honores de los que también me siento orgulloso y contrariado a la vez, es el de haber sido pionero entre los fuentealameños que pudieron finalizar el Bachillerato en aquel Instituto público, pues hacía casi una década que ningún paisano era bachiller, y por el hecho de que se abriera un camino. Contrariado porque debimos ser algunos más.  
    Ahora ya tengo algunos de los logros que se dice que hay que conseguir en esta vida: el árbol del Instituto y algún que otro olivo plantado, cuatro libros escritos y dos hijos, que me ha superado tanto intelectualmente como personas. 

3 comentarios:

  1. Yo crecí en un pueblo, más grande que el tuyo y para mí ir a estudiar a Barcelona era una odisea, el bachillerato lo cursé en el pueblo, pero en lo que fue un centro médico.

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  2. Domingo, leer este magnífico testimonio no es solo asomarse a una etapa educativa: es volver a escuchar, por dentro, el latido de una generación que abrió camino desde las aldeas hacia el Bachillerato cuando el país entero cambiaba de piel.

    La memoria de aquellos años —el miedo a lo desconocido, los complejos que pesaban más que la cartera, la falta de mesa de estudio, el campo interrumpiendo los libros, la aceituna marcando calendarios— no es simple nostalgia. Es intrahistoria: la vida humilde y verdadera que sostiene la Historia con mayúsculas. Y es también conciencia de pertenencia. Pertenencia a Fuente Álamo y a una promoción que, entre olivos, cabras y cuadernos, empezó a ensanchar horizontes sin hacer ruido, pero con una valentía diaria que hoy emociona.

    En tu relato aparecen los profesores como figuras de una época: con sus “dones”, sus apodos, sus manías, su exigencia y su humanidad. Están la pizarra, la tiza, el silencio tenso de las matemáticas, el “preguntón” que iba uno a uno, la tutora que interviene ante una injusticia, el cura-profesor y el bar de enfrente, el taconeo del francés improvisado, el dibujo técnico como barrera social para muchas familias… Y, sin embargo, también está el gesto que salva, el maestro que empuja, el profesor que sin saberlo te coloca un espejo delante y te dice: “puedes”.

    Quienes vivisteis esa transición desde el Colegio Comarcal al Instituto “Alfonso XI” no solo fuisteis estudiantes: fuisteis eslabón. Recibisteis una herencia hecha de carencias y sacrificios familiares, y la convertisteis en posibilidad para los que venían detrás. Esa es la verdadera transmisión generacional: cuando uno logra estudiar, no asciende solo; levanta, sin proponérselo, un peldaño para los demás.

    Y te lo digo —y lo dice— alguien que recorrió la provincia de Jaén para movilizar conciencias y buscar alternativas contra las desigualdades: tu historia resume una de las más persistentes, la del aldeano que llega al aula con el peso invisible de la distancia, la economía y el complejo frente a quienes parecían “más preparados” por venir de la cabecera del municipio. Por eso conmueve: porque no idealiza, no presume; simplemente cuenta lo que costaba.

    Tu publicación es parte de la historia local y tambien individual al dejar por escrito tantos nombres y tanta vida. Porque cuando la memoria se comparte así, deja de ser solo biografía y se vuelve patrimonio común. Y mientras se recuerde, aquella generación de la Transición —la vuestra— seguirá enseñando.

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    1. Domingo, dices como colofón del BUP y COU —transcurridos entre 1977 y 1981— que eran los tiempos iniciales de la Transición, cuando por primera vez se enseñaba la Historia con una voluntad de objetividad y con el compromiso propio de una sociedad que despertaba a los cambios políticos y sociales.

      Pues bien, mientras tú vivías esa transformación desde las aulas del Instituto, yo formaba parte de ese mismo proceso desde otro frente. Entre 1977 y 1979 mis visitas a Alcalá la Real fueron frecuentes como secretario provincial de la UGT —primero al frente de los despachos jurídicos laborales (1976-1978) y después como secretario de organización (1978-1979)—. Unas veces me llamaba José Marañón y otras Juan Canovaca —ambos llegaron a ser alcaldes de Alcalá— para mediar o buscar soluciones a conflictos laborales. Recuerdo especialmente la huelga de los trabajadores de CONDEPOLS: pasé dos noches durmiendo en sus instalaciones, compartiendo incertidumbres, reivindicaciones y esperanzas.

      Mientras tanto, tú estudiabas Bachillerato, quizá ajeno a lo que ocurría en las fábricas, en los tajos y en los despachos sindicales. Y, sin embargo, formábamos parte de la misma historia. Tú desde el pupitre; yo desde la negociación y la movilización. Dos escenarios distintos, un mismo tiempo.

      Ahí reside, precisamente, la grandeza de la Historia: no es solo la crónica de los grandes acontecimientos, sino la suma de muchas intrahistorias que coinciden en el calendario y se desarrollan en espacios aparentemente estancos. Generaciones que no siempre se miran, pero que laten al unísono. La tuya formándose en las aulas; la mía intentando ensanchar derechos. Ambas necesarias. Ambas complementarias.

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