Al describir las diversas
sensaciones que se experimentan esos primeros días de bachiller, se lleva un
gran porcentaje el miedo a lo desconocido o a la novedad del acontecimiento que
se nos venía encima. Iniciábamos una etapa para la que se nos había prevenido
teóricamente, pero creo que no nos habíamos formado lo suficiente, entre otros
motivos por el absentismo escolar durante la recolección de la aceituna, pues
algunos nos habíamos salido de forma intermitente durante la temporada. Qué era aquello de las matemáticas de
probabilidades o combinaciones, de unos números primos, de la trigonometría,
que sonaba a un aparato de medir el trigo, o el logaritmo neperiano, para pesar
peras o nésperas, o lo de matrices…, o aquello de tomar apuntes sobre la
explicación o dejarnos a nuestra voluntad la programación para estudiar o para
hacer los deberes en casa. Se acabó el paternalismo del maestro. También había
mucha carga de responsabilidad que provocaba que a veces nos bloqueáramos, pues
ya éramos lo que se llamaba verdaderos estudiantes, aunque para otros éramos
“borregos” del primer curso.
Por preparación y formación creo que eran superiores los alumnos que venían de la SAFA, diferenciados como alcalaínos auténticos, a los que veníamos del Coto, la mayoría aldeanos; pero conforme el curso avanzaba nos fuimos reponiendo del susto inicial y subiendo puestos académicos, que se reflejaba en el boletín de notas.
Quizás esté generalizado unas percepciones propias, que a lo mejor no debieron ser las de los demás compañeros. Pudo ser fruto de mi timidez abonada con tufo de adolescente aldeano, que hacía que los que veníamos de las aldeas tuviéramos que superar no solo el miedo a lo nuevo, sino también el complejo de inferioridad, y otras piedras mochileras como el compaginar los estudios con el trabajo o el no poseer verdadero hábito de estudio, pues ni siquiera disponía de mesa de estudio ni habitación propia para poder concentrarme. A veces, incluso, tenía que estudiar en el campo mientras llevaba una cabra a pastar y en vacaciones en vez de recuperar lo atrasado, trabajaba en la recolección de aceitunas y en otras tareas familiares.
Recuerdo los primeros
exámenes del primer trimestre que se convocaron antes de la Navidad, el de
Religión, Música y la entrega de trabajos artísticos de Dibujo. En el examen de
Religión, tuve una revelación, aunque prometí no desvelarlo. Para preparar el
de Música, me vine unas horas antes el domingo de la recolección de la aceituna
familiar desde el Barranco Muriano. Los trimestrales continuaron después de Reyes,
y todo salió bien, aprobé todas las asignaturas del primer trimestre, lo cual
reforzó mi autoestima y pensé que a lo mejor valía para estudiar.
El cuerpo directivo estaba
formado por D. Ramiro Avivad Castañeda
como director, D. Ramón Sánchez Navas, jefe estudios y D. Juan Borrego
como vicedirector. De los profesores tengo especial recuerdo, de unos más que de
otros, pero creo que todos intentaron educarnos de la mejor manera posible y
pese a que ya se estaba imponiendo ese aperturismo educativo, este primer año
éramos todavía lo que nos llamaban los de cursos superiores: “borregos” en
muchos aspectos. Algunos los profesores nos decían que no les tratásemos de
“Don”, aunque a mí me costaba todavía.
Eso sí, había un gran respeto hacia el profesorado.
A María Carmen Villoslada García, “la Villoslada” profesora de Lengua y Literatura, la recuerdo por el especial cariño que me tomó, pues todos los días era el único al que sacaba a la pizarra, aunque a veces me intercambiaba o duplicaba con Francisco Javier Moya. Desconozco el motivo, pero deduzco que puedo ser para quitarme algunos complejos y sobretodo la timidez y los nervios. Pero aquello que debía ser bueno, produjo un efecto contrario en mí, pues la exposición pública no la llevaba muy bien por aquello del complejo al ridículo, o no sé a qué, y me provocaba más nerviosismo y ansiedad. El hecho de salir a la palestra que me llevaba a hacer dibujitos en la pizarra y hasta bajar las calificaciones llamó la atención de la profesora, preguntándome el porqué, a lo que le respondí, y ahora me sorprendo de la respuesta que le di, que ella sabría. Como anecdótico quedará aquella travesura que le hicimos de ponerle la tiza en el borde alto de la pizarra para cuando la cogiese poder verle parte del muslo con el estiramiento de la falda, fechoría de la que se percató en el primer intento y dijo “que ella no estaba allí para hacer monerías” y mandó a alguien que se la bajase, la tiza.
Del profesor de Matemáticas, D. José García Esteo, “Pepín”, recuerdo cierta apatía o pocas ganas, y muchos conocimientos matemáticos que no eran transmitidos o que nosotros no nos enterábamos o no los captábamos, sobretodo porque las matemáticas no eran mi fuerte, ni el de muchos compañeros. La clase permanecía en un silencio absoluto mientras impartía la teórica, que a veces se interrumpía por un ataque de tos o por una calada al cigarro, nadie hacía preguntas y existía una calma tensa. Comenzaba una vez que había rellenado su quiniela de futbol y alguna vez con su broma seria nos preguntaba qué pondríamos en el Real Madrid-Elche, por ejemplo. Era la primera clase del día, y cuando era la del lunes, la resaca de fin de semana y la morriña tempranera hacía que no nos enterásemos ni de combinaciones, ni del número de primo.
D. José Luis López García,
alias “Chelui” profesor de Ciencias Naturales. Carterilla en mano cada día
entraba a la clase, se sentaba y seguidamente pasaba lista, levantando la vista
sobre las gafas para identificar al nominado. Buen profesional, pero muy
preguntón, un día sí otro no, iba preguntando uno a uno la lección que había
explicado el día anterior. Tenía el buen olfato de saber a quién le tenía que
preguntar y por tanto a quién pillar, pues los que mostraban la cabeza
levantada y visible, era a los que no tenía que preguntar. Recuerdo que una vez
que no me lo sabía, utilicé esa táctica. Pero también, en alguna ocasión pude
salvar a mi compañera de mesa y a la de delante, apuntándole la respuesta
correcta, si es que la sabía ese día. Yo creo que él no quería enterarse de
quién era el apuntador. Me dio el único
sobresaliente del bachillerato.
María del Carmen (…) Navarro, profesora de Historia, alias “Chumiñilla” tutora e hija de Carmen Navarro Cortes. Algo seria para ser tan joven, y además aquellas gafas tan grandes le hacían mayor y que a menudo se le bajaban y tenía que recolocárselas. Luis Hinojosa a la pregunta de si en la Edad Media había gafas, le respondió que él no estuvo allí. Tuvo que interceder como tutora por mí en dos ocasiones manifiestamente injustas, de lo cual siempre le estaré agradecido. Una en Dibujo y otra en Educación Física.
Manuel Quesada Colmenero,
profesor accidental de Francés, alias “Topollª”, o al menos así le apodaban
algún grupo de chicas. Su especialidad era la Filosofía, pero al no haber
suficientes profesores de francés, le fue asignado nuestro grupo para impartir
sus escasos conocimientos de la lengua extranjera. Al decir “Oui” le salía a lo
campechano y para preguntar algo decía “Quees que ce?”. Le salvó el libro que
le presté de mi tío Quisco cuando emigraba a Francia, muy básico pero
suficiente para nuestro nivel y el suyo. Aquellos paseos con bota campera por
la clase mientras explicaba producían un taconeo rítmico militarizado que te
daba su ubicación exacta.
D. Antonio Campaña Expósito, profesor de Dibujo, alias “Patillas”, también lucía una mosca. Muy exigente, elevando el nivel de la asignatura, cuando el dibujo para algunos de nosotros había sido siempre una “María”, aunque él desde el primer día quiso dejar claro, que no era así. Esas circunstancias producían fracaso escolar, a lo que se unía la exigencia de tanto material de dibujo técnico y artístico, lejos del alcance de familias como la mía, teniendo muchas veces que hacer filigranas para imitar con rotulador negro aquellos sofisticados rotring. No solo eso, sino que en alguna ocasión tuve que utilizar la técnica del cristal de la ventana para copiar las láminas de un compañero, con la mala suerte de que en una recuperación se percató de que mis láminas y las de mi compañera Carmen Nieto Rueda coincidían perfectamente, y nos suspendió a los dos para septiembre. Lo que no llegó su perspicacia fue a descubrir que yo las había copiado de Pérez Cano y le dejé las mías copiadas a Carmen, pero al no saber quien había copiado a quién, a los dos nos mandó para septiembre. Carmen se declaró culpable, pues me dijo que me salvara yo, porque ella no iba a seguir el próximo curso y aquí es donde intervino la tutora para decirle que yo no había copiado y por tanto era injusto el suspenso para mí. Al final se le ablandó el corazón y me levantó el castigo. La verdad es que el único que me engañé fue a mí mismo, pero las necesidades me obligaron. No hemos tenido después el gusto de intercambiar impresiones.
Manuel Vega Zegrí, cariñosamente para nosotros “Curilla”, profesor de Religión. Era por entonces el cura de Consolación. Considerada la asignatura como una de las “Marías”, el curso transcurrió con el agnosticismo propio que te dejaba el hecho de una asignatura obligatoria, pero que no puntuaba para nota media y que sabíamos que nadie iba a suspender. Recuerdo las partidas de dominó con él en el Bar Rocío que estaba enfrente del Instituto. Le pedí que me oficiara el sacramento de mi matrimonio y así lo hizo. https://pacomartinrosales.blogspot.com/2021/02/obituario-manuel-vega-zegri.html
Gregorio Torres, profesor de Educación Física, la verdad es que él no estaba para correr mucho, la teórica tampoco, así que dos horas de gimnasia a la semana sin calentamiento y a correr (1.500 m. ó 100 m) y los días de lluvia a saltar en una colchoneta, que pongo nota. Otra de las injusticias fue que me intercambió la nota con la de Juan Cantero que era peor que la mía, porque sin querer al salir de la portería a coger un balón choqué con él cuando se encontraba corriendo los 100 metros lisos en la pista de futbol sala.
Solo tengo agradecimiento a
todos mis profesores y compañeros, a quien espero que no se hayan molestado por
los motes cariñosos y por lo hechos anecdóticos contados.






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Yo crecí en un pueblo, más grande que el tuyo y para mí ir a estudiar a Barcelona era una odisea, el bachillerato lo cursé en el pueblo, pero en lo que fue un centro médico.
ResponderEliminarDomingo, leer este magnífico testimonio no es solo asomarse a una etapa educativa: es volver a escuchar, por dentro, el latido de una generación que abrió camino desde las aldeas hacia el Bachillerato cuando el país entero cambiaba de piel.
ResponderEliminarLa memoria de aquellos años —el miedo a lo desconocido, los complejos que pesaban más que la cartera, la falta de mesa de estudio, el campo interrumpiendo los libros, la aceituna marcando calendarios— no es simple nostalgia. Es intrahistoria: la vida humilde y verdadera que sostiene la Historia con mayúsculas. Y es también conciencia de pertenencia. Pertenencia a Fuente Álamo y a una promoción que, entre olivos, cabras y cuadernos, empezó a ensanchar horizontes sin hacer ruido, pero con una valentía diaria que hoy emociona.
En tu relato aparecen los profesores como figuras de una época: con sus “dones”, sus apodos, sus manías, su exigencia y su humanidad. Están la pizarra, la tiza, el silencio tenso de las matemáticas, el “preguntón” que iba uno a uno, la tutora que interviene ante una injusticia, el cura-profesor y el bar de enfrente, el taconeo del francés improvisado, el dibujo técnico como barrera social para muchas familias… Y, sin embargo, también está el gesto que salva, el maestro que empuja, el profesor que sin saberlo te coloca un espejo delante y te dice: “puedes”.
Quienes vivisteis esa transición desde el Colegio Comarcal al Instituto “Alfonso XI” no solo fuisteis estudiantes: fuisteis eslabón. Recibisteis una herencia hecha de carencias y sacrificios familiares, y la convertisteis en posibilidad para los que venían detrás. Esa es la verdadera transmisión generacional: cuando uno logra estudiar, no asciende solo; levanta, sin proponérselo, un peldaño para los demás.
Y te lo digo —y lo dice— alguien que recorrió la provincia de Jaén para movilizar conciencias y buscar alternativas contra las desigualdades: tu historia resume una de las más persistentes, la del aldeano que llega al aula con el peso invisible de la distancia, la economía y el complejo frente a quienes parecían “más preparados” por venir de la cabecera del municipio. Por eso conmueve: porque no idealiza, no presume; simplemente cuenta lo que costaba.
Tu publicación es parte de la historia local y tambien individual al dejar por escrito tantos nombres y tanta vida. Porque cuando la memoria se comparte así, deja de ser solo biografía y se vuelve patrimonio común. Y mientras se recuerde, aquella generación de la Transición —la vuestra— seguirá enseñando.
Domingo, dices como colofón del BUP y COU —transcurridos entre 1977 y 1981— que eran los tiempos iniciales de la Transición, cuando por primera vez se enseñaba la Historia con una voluntad de objetividad y con el compromiso propio de una sociedad que despertaba a los cambios políticos y sociales.
EliminarPues bien, mientras tú vivías esa transformación desde las aulas del Instituto, yo formaba parte de ese mismo proceso desde otro frente. Entre 1977 y 1979 mis visitas a Alcalá la Real fueron frecuentes como secretario provincial de la UGT —primero al frente de los despachos jurídicos laborales (1976-1978) y después como secretario de organización (1978-1979)—. Unas veces me llamaba José Marañón y otras Juan Canovaca —ambos llegaron a ser alcaldes de Alcalá— para mediar o buscar soluciones a conflictos laborales. Recuerdo especialmente la huelga de los trabajadores de CONDEPOLS: pasé dos noches durmiendo en sus instalaciones, compartiendo incertidumbres, reivindicaciones y esperanzas.
Mientras tanto, tú estudiabas Bachillerato, quizá ajeno a lo que ocurría en las fábricas, en los tajos y en los despachos sindicales. Y, sin embargo, formábamos parte de la misma historia. Tú desde el pupitre; yo desde la negociación y la movilización. Dos escenarios distintos, un mismo tiempo.
Ahí reside, precisamente, la grandeza de la Historia: no es solo la crónica de los grandes acontecimientos, sino la suma de muchas intrahistorias que coinciden en el calendario y se desarrollan en espacios aparentemente estancos. Generaciones que no siempre se miran, pero que laten al unísono. La tuya formándose en las aulas; la mía intentando ensanchar derechos. Ambas necesarias. Ambas complementarias.